Po’ E sía

Por Mayú Sidi

El jardín derrochaba tulipanes y rosas. Lirios y nardos, los perfumes de las damas. La huerta era un cuadro de colores a brocha de frutas y verduras. Privilegios de la nobleza y manjares para la corte. Los rayos del sol eran radiantes, vida para los gansos y los animales del estanque. El arrollo fluía en una perfecta sintonía y los jardines verdes siempre sorprendían con una nueva salida.

En la villa Altomira aquel era el paisaje de los cuentos de primavera. El rey siempre andaba ajetreado entre papeles y números. La corte gozaba de una interminable hilada de fiestas primaverales. Mientras el heredero en su alcoba leía y leía. Tenía la amarga sensación de nunca estar los suficientemente formado, lo suficientemente preparado para afrontar la vida. Aunque el heredero era de palabras escuetas y no mostraba gran afecto hacia sus allegados lo cierto era que tenía un corazón, era humilde y siempre mostraba una sonrisa sincera. Su tío que de la envida y la codicia se había liberado de joven amaba a su sobrino como si de su hijo se tratara. En los jardines siempre compartían conversaciones inolvidables .

-Mi rey le decía, ve a conocer a tu gente, dedícales tu tiempo y tu sonrisa. Tu sabes que la vida en el poblado es diferente pero no necesariamente lo más simple es desdichado. No hay mayor infeliz que aquel que independientemente de sus posesiones se olvida de si mismo, naufragando entre preocupaciones sin tomar decisiones.

Un día, bajó el heredero hacia el mercado del pueblo. Miel, tan solo compraría miel. No por necesidad, más bien en busca de experiencias y para conocer a nuevas personas. En su mano además de su monedero llevaba flores y frutas para quien le atendiese. Un niño, apenas de nueve años, le recibió con una larga sonrisa.

-Hola señor, ¿Qué desea usted? – le preguntó con una con una voz dulce pero segura.

En un principio el heredero quedó confuso y no supo reaccionar a aquella simple pregunta. Los rasgos faciales del niño, en especial su sonrisa y boca grande le recordaban a un mozuelo que había aparecido en alguna de las novelas que había leído. Después de unos segundos el heredero reaccionó con un tímido saludo. -Está bien muchacho, solo andaba bicheando entre los productos. Mientras el heredero recorría sin sentido su mirada por el largo mostrador de madera seguía reflexionando sobre aquel niño. En la novela aquel mozuelo era un preadolescente que ayudaba a su familia en el puesto del mercado. Hacía tiempo que había leído aquella novela y ni siquiera recordaba el título, pero el chico que ahora lo atendía era exactamente idéntico a la descripción del protagonista. Incluso cuando el heredero llegó a la tienda, el chamaco estaba sentado bajo unas estanterías de quesos. El escritor de aquella novela describía que el protagonista solía quedarse sentado bajo las estanterías de quesos y otros lácteos mientras esperaba la llegada de la clientela.

-Joven, un tarro de miel, se decidió el heredero. El pequeño asintió con otra larga sonrisa y se dirigió al otro extremo de la carpa. Se subió a un taburete y alcanzó un tarro de miel. Mientras el niño volvía el heredero postró las bolsas de fruta y flores en el mostrador. El chamaco se extrañó por aquello y preguntó, ¿acaso no tiene usted para pagar este tarro de miel? ¿o es que ha robado todo esto para hacer un trueque?

El heredero quedó sorprendido por el desparpajo del muchacho. Los niños que crecían en la corte apenas comenzaban a hablar con fluidez a los siete años. El joven noble le respondió con su usual serenidad que aquellas bolsas eran un simple regalo que estaba fuera de todo truque o interés. El niño dudó de las palabras de su cliente pero aún así cogió el dinero primero y con una voz inocente y dulce agradeció al señor su encomienda.

Cuando el heredero ya se estaba yendo oyó a su espalda una voz que lo aclamaba. Vio junto al niño a una anciana, la abuela del pequeño. Resultaba ser la dueña del negocio que prácticamente había encargado a su nieto. Mientras intentaba alcanzar la salida de la carpa seguía hablando, su voz era débil pero perfectamente entendible.

-Hijo, ¿cómo te vas a ir sólo con un tarro de miel ? El heredero se acercó a la salida del puesto para aliviar el camino de la anciana. No respondió a la pregunta y se limitó a bajar la mirada para ocultar su vergüenza. A la par seguía analizando aquella novela. Definitivamente recordó que aquella mujer no aparecía en el libro. Cuando la anciana alcanzó el extremo de la tienda donde la esperaba el heredero se acercó a él y dio un giro de noventa grados hacia su izquierda.

-Hijito mío a ti que se te ve limpio y aparentas ser un hombre culto enredado entre sabiduría. Entre usted, está en su casa, y cántame po´e sía, ¿sabes?, yo no se leer. Siéntese a mi lado izquierdo que estoy sorda del oído derecho. Mientras el heredero se acomodaba vergonzosamente en un taburete que le había ofrecido el chamaco, la anciana sacó de una caja varias rodajas de pan, aceite y miel. Y Comenzó a untarlas con algo de dificultad pero con delicadeza y amor. Entonces el heredero recordó que el niño de la novela también comía pan con aceite y miel.

Y aquella novela comenzaba con un verso que recordaba perfectamente:

La primavera es presumida pero no eterna. Lujurias del tiempo en relojes de oro. Pero yo solo quiero que me cantes tu sonrisa. Que brille tu esencia en sillas de plata o en taburetes de madera.

Si no es de amor, ¿de que están tejidas las personas? Sin coraje ¿de que color sería la vida?

Publicado por lamagiadeladiversidad

Anécdotas de u mundo sin fronteras.

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