Historias de nuestro mundo

Por Mayú Sidi

GHALIA
A la vera del atardecer siempre venía a mi puerta y sin entrar chillaba «tía Ghalia, ¿tienes la comida del ganado lista? Y cuando regresaba del viaje dejaba el bol del pasto vacío en la puerta sin avisarme e iba corriendo a jugar al beisbol en el llano del vecindario. Cuando caía el sol, antes del rezo del anochecer, volvía el pequeño acompañado de sus amigos y sin entrar en casa chillaba… «tía Ghalia, tía Gahalia, ¿tienes agua?» mis ojos se emocionaban al escuchar aquella petición y la gratitud de aquellos mozuelos saciaban mi hogar. Tan solo Dios puede otorgar tal bendición a un alma anciana que sus  manos son huérfanas de familia.

BERNARD
Cuando Bernard recogía los últimos montículos de algodón de la jornada para trasladarlos a la gran granja, reflexionaba en absoluto silencio… serán abrigos para los inviernos de los pupilos. Será una manta de regalo que el cariño envolverá de eternidad y será seda para los sueños mas profundos. Y una sonrisa se dibujaba en su rostro agotado.-Esta tierra ha servido un sin fin de abundancia, cuidar y servir al mundo es seguir su ejemplo-. Era en los últimos ecos del atardecer cuando Bernard se sumergía en una extraña melancolía, que ensalzaba a una energía natural suprema de la cual se sentía parte. Quizás la intensidad de la luz del medio día sea más ciega que la luz de la noche.

MIA
Mia nunca miraba atrás, ella era la valentía personificada y el coraje naciente. No temía a las consecuencias de sus actos porque cada paso que avanzaba era fruto de decisión y propulsado por la confianza. Sin embargo su historia no siempre se escribió con esta intensa tinta. Hubo un tiempo en el cual el ajetreo de la sociedad empequeñecía los ojos de Mia y las grandes muchedumbres intimidaban la presencia de la joven. Hubo un tiempo en el que el fracaso, (el bautizado por la sociedad) amenazaba con alcanzar los talones de Mia que procesaba todo demasiado lento, parecía que no avanzaba. El bucle sin fin de sus tormentos la retenía presa porque al parecer su pila a penas había comenzaban a trabajar. Sin embargo todo cambió cuando la joven a imploró el mundo de los hábitos y los comenzó a incorporar en su vida del día a día… somos lo que pensamos. Pronto Mia dejó de comprometerse por satisfacer la necesidad de otros y dosificando sus fieles promesas encontró los ocultos senderos que la guiaban a sus propias metas. Mia siempre lo decía, «si mi cuerpo es el que me mantiene, mis hábitos me dan la vida».

LANJARO
Suyuri contaba con 72 años recién cumplidos y era bisabuela por partida doble. Sin embargo aún seguía cuidando de su tío Lanjaro, que la vejez le había otorgado un reencuentro prolongado. A la hora del sol naciente todos los niños querían besar la cabeza de Lanjaro antes del desayuno colectivo y al anochece se sentaban junto a él para que les contase las antiguas historias del poblado. Los jóvenes fieles al culto acudían a él para escuchar sus consejos y como mantener el alma en su mayor plenitud. Todos los vecinos querían al anciano erudito y se acercaban a él para nutrirse de su amor y sencillez al igual que una manada busca recomponerse junto a una fuente de agua. Tan solo durante las noches Lanjaro podía disfrutar de su soledad y escuchar el poder del silencio que tantos años le había costado conquistar. Sin embargo una de las primeras noches de verano escuchó tras su espalda los pasos de Millru, la mas pequeña de la casa. Con voz tímida y triste la pequeña dijo, «abuelo los primos se repartieron mi chocolatina». El abuelo le abrió sus brazos y las lagrimas de la pequeña rompieron en silencio bajo el hombro del anciano quien acarició su pelo y susurrando le dijo: «hijita mía, si todos los merenderos del río están ocupados no significa que no puedas bañarte o comer en él, el río es muy largo». Sacó dos chocolatinas de su bolsillo y las puso en la mano de la pequeña antes de quedara dormida.

Ghalia, Campamentos de Refugiados Saharauis Tindouf

Publicado por lamagiadeladiversidad

Anécdotas de u mundo sin fronteras.

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